Atención, especialmente los profesores, a la noticia que acabo de leer en el diario El País:
Un profesor, suspendido por burlarse de alumnos
La Consejería de Educación de la Junta de Andalucía firmó ayer la suspensión sin empleo y sueldo y de forma cautelar de un profesor que, presuntamente, insultó a uno de sus alumnos en el Instituto de Educación Secundaria Diamantino García Acosta, ubicado en la barriada de La Plata (Sevilla). El profesor llamó "negrito" a un alumno de color; "maripili", a uno aparentemente afeminado; "gordo", a uno obeso; "hachís" y "ketama", a uno marroquí; y "chinita tú chinita yo", a una oriental, según el diario El Correo de Andalucía.
La Delegación de Educación de Sevilla solicitó el lunes la apertura de expediente para el docente a partir de la denuncia firmada por una madre hace dos semanas. La Delegación de Educación acusa al profesor de "presunta comisión de faltas", tales como "trato desconsiderado al alumno, incumplimiento de sus obligaciones como docente y, en general, conductas que hayan podido ocasionar daños al servicio público educativo". Fuentes de la Consejería de Educación informan de que el profesor es interino e imparte desde hace dos años la asignatura de Física y Química.
Este diario intentó ayer, sin éxito, conversar con el profesor para que diera su opinión sobre este asunto. En un correo electrónico enviado a este diario, el profesor señala: "Estoy siendo objeto de una campaña mediática difamatoria en los medios de comunicación". "No soy, ni lo he sido nunca, ni lo seré jamás, racista, maltratador ni machista", escribe el profesor, que añade: "siempre he gozado del aprecio y confianza de mis compañeros y alumnos".
¿Qué os parece?
miércoles, 6 de febrero de 2008
Noticias de sociedad
lunes, 4 de febrero de 2008
40 mil de 44 millóns...
...iso é un 0,1%
Tralo acontecido onte pola noite na glamurosa gala dos Goya, este Paiaso, cheo de boas intencións, chega á conclusión de que o Cine Español ten exactamente o que se merece, se non demais. E non estou a falar da calidade das películas ou das temáticas, falo do Colectivo en xeral, que, como clones perfectos do Moco Babeante, non fan máis que chorar e chorar porque “as salas están baleiras”, “non podemos competir coas películas americanas”, “ a piratería está a acabar con esta industria, na que hai grandes profesionais e novos talentos que precisas apoio”, “o cine español ten unha gran calidade, moi superior aos blockbusters americanos”. ¡Pois que se apliquen o conto, se queren público, xa saben o que facer! Resulta que onte gañou o premio á mellor película “la Soledad”, unha película que estivo brevemente en cartel e que viron 40.000 espectadores, unha película da que hoxe é a primeira vez que escoito falar, que, obviamente, non vin, e que pode ser unha gran película, pero, se queren saír da crise de espectadores na que se atopan metidos, non creo que sexa a mellor elección. Por non falar, que neste país, onde o goberno, ou sexa, nós, subvenciona a maior parte do cine nacional, moitas películas feitas con cartos públicos quedan sen estrear.
Das outras nomeadas: “El Orfanato”, “Nueve Mesas de Billar Francés” e “Las Trece Rosas”, só vin “El Orfanato” e non vou entrar a criticalas sen telas visto, diso xa se encargará a Suegra maligna que campa por estes lares. Pero polo menos escoitei falar de todas e era consciente da súa existencia.
O feito é que nunha empresa en crise de ventas, que sobrevive grazas ás subvencións do estado, a película máis destacada a viron 40.000 persoas de 44 millóns de habitantes, estou seguro de que a maioría dos membros do xurado non a viron no seu momento, e teñen os “santos collóns” de ir criticando películas como “Supersalidos”, “Spiderman”, “Rambo” ou incluso “Torrente”. O que teñen que facer é películas malas, básicas e repetitivas como as anteriores, gañar diñeiro enchendo as salas (que, polo visto está chupado) e autofinanciarse as súas grandes películas de autor. E se o estado quere subvencionar algo, que subvencione a publicidade de películas xa producidas, para encher as salas e conseguir cine rentable. PORQUE O CINE É UN NEGOCIO DE ENTRETEMENTO, os que queiran facer ARTE, que poñan as súas películas nos museos (cando menos que non se choren se non teñen público).
O que se consegue coas subvencións é eliminar a criba de calidade ou comerciabilidade dunha produción, permitindo ter máis produto do que pode ser consumido, retroalimentando a crise do sector. Para rematar dicir que os poucos directores que teñen suficiente calidade (ben artística ou ben comercial, pero calidade a fin de contas) subsisten sen problemas: Alex de la Iglesia, Almodovar (máis que me pese), Amenabar...
Ante todo proxenie, non busco crear polémica en torno ao cine español... je, je, je
domingo, 3 de febrero de 2008
Partidas do Fin de Semana
Aproveitando que o Pato e a Pranta decidiron ir a pasar a noite co fogoso Manubrio de Ébano... (pero eso é outra historia, que deixarei nas mans da nosa doce Suegra) o resto da proxenie, salvo a erudita Cosa del Pajar, decidiu adicarse de cheo ao vicio de mesa. Ocasión perfecta para o Paiaso que "asaltou" o Rankor, dando un golpe de efecto e abrindo distancias co seu babeante perseguidor.
Moi simpático o StarMunchkin, na liña do seu predecesor, lástima que haxa que agardar pola expansión para poder desfrutar co Bobby Feet e o Paiaso de Asalto.
Agardo agora todos os comentarios sobre trampas, trapicheos, inxustizas... propios dos malos perdedores! Desculpas e máis desculpas!
viernes, 1 de febrero de 2008
Jack Dempsey
“El martillo de Mannassa”. Sin duda, mi preferido. Nacido a finales del siglo XIX en Mannassa(Colorado). Fue el quinto de 11 hermanos, de una familia que vivía en el nomadismo. Durante su carrera nunca obtuvo el cariño del público; reconocimiento que le llegaría después de retirado.
Bernie, su hermano mayor(20 años de diferencia) le metió el boxeo en el cuerpo. Bernie había sido un boxeador de medio pelo cuya mandíbula era más frágil de lo que le hubiera gustado. Por miedo a que a su hermano le pasara lo mismo, Bernie, le deba de mascar una masa de resina de pino y le metía la cabeza tres veces al día en un cubo de salmuera para endurecerle la piel. Jack iba a la escuela y descargaba remolacha de los trenes. Acabada la escuela se recorrió el país como un vagabundo en los bajos de los vagones de los trenes, con su cara rozando el suelo. Fue ganando unos dólares con peleas clandestinas en bares de mala muerte. Así empezó a ganarse la vida como boxeador.
A lo largo de su carrera tuvo 4 managers, se casó con Maxine una pianista 16 años mayor que él y se divorció pronto. Aquello le acarreó muchos problemas. Contra Jim Flynn sufrió su primer y único KO, esto fue antes de colgar los guantes por primera vez para irse a trabajar a los aserraderos de Seattle.
Sería en 1917 cuando Jack Kearr le propone ser su manager y de su mano comienza una carrera fulgurante. El dinero comienza a llegar. En el 19 pelea contra Jess Willard, conocido como el “Vaquero Gigante”, porque también actuaba en rodeos. Willard con 15centímetros más y 30 kilos de diferencia, sufrió una derrota histórica. El “pequeño” Dempsey le dio una paliza de tal magnitud que desposeyó de toda dignidad al Willard. Le rompió la mandíbula y varias costillas, le dejó un ojo tocado y la nariz deformada , además de una dentadura con cinco dientes menos y medio sordo. La paliza fue tan brutal que Willard se atrevió a acusar a Dempsey de enyesarse las manos antes de ponerse los guantes. (ver el video, porque la paliza que le da a este gigante es impresionate)
Dempsey jamás recibió el apoyo del público. Parte de culpa la tuvo una foto que se hizo para animar a la juventud a alistarse en los finales de la primera guerra mundial, vestido con traje militar y con unos elegantes pantalones y zapatos(esa foto es en la que se fija Paul Newman en “Marcado por el odio” – una de mis pelis favoritas) . Jack se había librado del ejercito porque mantenía a su familia. Tuvo muchos problemas por aquello, e incluso se enfrentó a la justicia, acallando las voces con grandes donaciones a la cruz roja.
Mientras preparaba la primera defensa de su titulo rodó un serial cinematográfico “Temerario Jack”. Una película en la que compartió cartel nada más y nada menos que con Douglas Firebanks y Charles Chaplin. También rodaría “Vivo o Muerto”.
Su primera defensa la hizo contra Miske, quien estaba aquejado de una dolencia grave en los riñones, que le llevaría a la tumba pocos años después. Dempsey no tuvo piedad y lo tumbó en el tercer asalto. No obstante, años después trascendió que este combate se celebró como un favor de Dempsey a Miske.
Tres meses después(muy pronto para quien no lo sepa) tuvo un combate de “verdad” contra Bill Brennan. Lo pasó mal, muy mal, pero al final lo tumbó en el 12º. El público, que odiaba a muerte a Dempsey, protestó porque decía que Brennan se había levantado antes de la cuenta de 10. Con este combate los púgiles se repartieron una barbaridad de dinero para la época. 10.000 dólares. Con ese dinero, Brennan abrió una licorería. Años después moriría tiroteado en ella a manos de un gánster que le vendía a la competencia.
Tras grandes combates por los que ganó muchísimo dinero se dio la gran vida en Europa. Volvió y tras algún que otro combate complicado….
La pelea con Firpo
Llegó el gran combate que todo gran púgil desea tener. El combate de película. Un combate que merecería un post a parte.
El rival escogido era un argentino llamado Luis Angel Firpo, conocido como “El toro salvaje de las pampas” que se entrenaba acarreando reses en un matadero.
Más corpulento que Dempsey ambos protagonizaron los 3´57” más salvajes de la historia del deporte. Basta decir que Firpo besó la lona siete veces en el primer asalto y Dempsey dos. En la segunda cayó fuera del ring al recibir un terrible derechazo y fue el público quien lo devolvió al cuadrilatero justo en el momento en el que sonaba la campana. En la reanudación, Firpo volvió a caer antes de volverlo a hacer para no levantarse, tras un derechazo y un terrible gancho de izquierda.
Esta pelea hizo cambiar las reglas del boxeo internacional y se dispuso que los púgiles fueran al rincón neutral al derribar a un rival, esperando la cuenta de diez. Pero Firpo no disfrutó este beneficio en sus nueve caídas frente “el martillo de Manassa”. También se prohibió desde entonces que los púgiles utilizaran guantes tan livianos como los que se usaban.
Tres años sin poner el título en juego fueron aprovechados por Dempsey para casarse con la actriz Estelle Taylor. Cuando volvió fue para pelear contra otro que se convertiría en mito, Genne Tunney. Lo tuvo contra las cuerdas, pero definitivamente perdió a los puntos. Esta pelea marcó un hito en asistencia, 120.000 aficionados que tardaría en ser superado 70 años (Chávez vs Haugen)
Un año después se repitió todo. El rival y la derrota. Demsey se retiró. Abrió un restaurante en NY(donde creo que Michael Corleone mata al jefe de policía en el Padrino) y vivió una larga temporada en Hollywood, donde fue productor de películas y series. En 1983 murió en NY rodeado por su esposa, dos hijas, ocho nietos y biznietos.
Bernie, su hermano mayor(20 años de diferencia) le metió el boxeo en el cuerpo. Bernie había sido un boxeador de medio pelo cuya mandíbula era más frágil de lo que le hubiera gustado. Por miedo a que a su hermano le pasara lo mismo, Bernie, le deba de mascar una masa de resina de pino y le metía la cabeza tres veces al día en un cubo de salmuera para endurecerle la piel. Jack iba a la escuela y descargaba remolacha de los trenes. Acabada la escuela se recorrió el país como un vagabundo en los bajos de los vagones de los trenes, con su cara rozando el suelo. Fue ganando unos dólares con peleas clandestinas en bares de mala muerte. Así empezó a ganarse la vida como boxeador.
A lo largo de su carrera tuvo 4 managers, se casó con Maxine una pianista 16 años mayor que él y se divorció pronto. Aquello le acarreó muchos problemas. Contra Jim Flynn sufrió su primer y único KO, esto fue antes de colgar los guantes por primera vez para irse a trabajar a los aserraderos de Seattle.
Sería en 1917 cuando Jack Kearr le propone ser su manager y de su mano comienza una carrera fulgurante. El dinero comienza a llegar. En el 19 pelea contra Jess Willard, conocido como el “Vaquero Gigante”, porque también actuaba en rodeos. Willard con 15centímetros más y 30 kilos de diferencia, sufrió una derrota histórica. El “pequeño” Dempsey le dio una paliza de tal magnitud que desposeyó de toda dignidad al Willard. Le rompió la mandíbula y varias costillas, le dejó un ojo tocado y la nariz deformada , además de una dentadura con cinco dientes menos y medio sordo. La paliza fue tan brutal que Willard se atrevió a acusar a Dempsey de enyesarse las manos antes de ponerse los guantes. (ver el video, porque la paliza que le da a este gigante es impresionate)
Dempsey jamás recibió el apoyo del público. Parte de culpa la tuvo una foto que se hizo para animar a la juventud a alistarse en los finales de la primera guerra mundial, vestido con traje militar y con unos elegantes pantalones y zapatos(esa foto es en la que se fija Paul Newman en “Marcado por el odio” – una de mis pelis favoritas) . Jack se había librado del ejercito porque mantenía a su familia. Tuvo muchos problemas por aquello, e incluso se enfrentó a la justicia, acallando las voces con grandes donaciones a la cruz roja.
Mientras preparaba la primera defensa de su titulo rodó un serial cinematográfico “Temerario Jack”. Una película en la que compartió cartel nada más y nada menos que con Douglas Firebanks y Charles Chaplin. También rodaría “Vivo o Muerto”.
Su primera defensa la hizo contra Miske, quien estaba aquejado de una dolencia grave en los riñones, que le llevaría a la tumba pocos años después. Dempsey no tuvo piedad y lo tumbó en el tercer asalto. No obstante, años después trascendió que este combate se celebró como un favor de Dempsey a Miske.
Tres meses después(muy pronto para quien no lo sepa) tuvo un combate de “verdad” contra Bill Brennan. Lo pasó mal, muy mal, pero al final lo tumbó en el 12º. El público, que odiaba a muerte a Dempsey, protestó porque decía que Brennan se había levantado antes de la cuenta de 10. Con este combate los púgiles se repartieron una barbaridad de dinero para la época. 10.000 dólares. Con ese dinero, Brennan abrió una licorería. Años después moriría tiroteado en ella a manos de un gánster que le vendía a la competencia.
Tras grandes combates por los que ganó muchísimo dinero se dio la gran vida en Europa. Volvió y tras algún que otro combate complicado….
La pelea con Firpo
Llegó el gran combate que todo gran púgil desea tener. El combate de película. Un combate que merecería un post a parte.
El rival escogido era un argentino llamado Luis Angel Firpo, conocido como “El toro salvaje de las pampas” que se entrenaba acarreando reses en un matadero.
Más corpulento que Dempsey ambos protagonizaron los 3´57” más salvajes de la historia del deporte. Basta decir que Firpo besó la lona siete veces en el primer asalto y Dempsey dos. En la segunda cayó fuera del ring al recibir un terrible derechazo y fue el público quien lo devolvió al cuadrilatero justo en el momento en el que sonaba la campana. En la reanudación, Firpo volvió a caer antes de volverlo a hacer para no levantarse, tras un derechazo y un terrible gancho de izquierda.
Esta pelea hizo cambiar las reglas del boxeo internacional y se dispuso que los púgiles fueran al rincón neutral al derribar a un rival, esperando la cuenta de diez. Pero Firpo no disfrutó este beneficio en sus nueve caídas frente “el martillo de Manassa”. También se prohibió desde entonces que los púgiles utilizaran guantes tan livianos como los que se usaban.
Tres años sin poner el título en juego fueron aprovechados por Dempsey para casarse con la actriz Estelle Taylor. Cuando volvió fue para pelear contra otro que se convertiría en mito, Genne Tunney. Lo tuvo contra las cuerdas, pero definitivamente perdió a los puntos. Esta pelea marcó un hito en asistencia, 120.000 aficionados que tardaría en ser superado 70 años (Chávez vs Haugen)
Un año después se repitió todo. El rival y la derrota. Demsey se retiró. Abrió un restaurante en NY(donde creo que Michael Corleone mata al jefe de policía en el Padrino) y vivió una larga temporada en Hollywood, donde fue productor de películas y series. En 1983 murió en NY rodeado por su esposa, dos hijas, ocho nietos y biznietos.
jueves, 31 de enero de 2008
Delicatessen
Dos pasos y tocas las almohadillas, otros dos y vuelves a tocarlas. Un cubículo del que no se puede salir. Un cubículo lóbrego aunque la luz esté siempre presente. No saldré de aquí, pero no estoy loco. No está carente de justicia el hecho de que me encuentre entre cuatro paredes. Me lo merezco. La causa... bueno la causa es una de esas cosas que en un momento determinado no sabes por qué pero te parece buena idea.
El despertador debía tocar a las nueve menos cuarto pero un rato antes sonó el teléfono. Era Monique, mi novia. Tras un intenso y devastador monólogo, al que casi no presté atención, me dijo que sus padres llegarían a mi casa en torno a las siete y media pero que ella no lo haría hasta por lo menos las nueve menos cuarto. Estaba dormido hasta que una alarma sonó en mi cabeza y me instó a protestar vehementemente. "Será una situación incómoda. No conozco a tus padres" —le espeté. Ella me dio unas ocho mil razones para llegar tarde. Ocho mil razones que a mí me daban exactamente igual. Además, ¡qué demonios! se trataba de una cena en su honor, era su fiesta de cumpleaños e iba a llegar tarde, ¡qué valor! Tras una sosa despedida volví a la cama e intenté conciliar el sueño nuevamente, pero al rato recibí otra llamada y ya no pude volver a dormir.
Regresé a casa a las ocho en punto. Subí por las escaleras, la cena se hacía en la cocina. Abrí la puerta y, tras cruzar el marco, ya percibí ese aroma; un delicioso aroma que envolvía toda la casa. Una vez colgado el abrigo avancé hasta la sala. Cuidé que todo estuviese dispuesto a la perfección. En el centro una mesa victoriana con cubiertos de valiosa porcelana belga para 4 comensales. Al fondo, frente a la ventana, rodeada por unos sofás verdes de suave terciopelo, una pequeña mesa de cristal sostenía unas bandejas con entremeses. Unos entremeses a los que había dedicado enorme esfuerzo.
Estático, entre las dos mesas, observé mi obra en su conjunto. Me abstraí hasta el punto de no encontrarme realmente allí. Contemplé la sala como el que admira un cuadro en un museo. Con detalle, primero en su totalidad, luego centrándome en los pequeños matices. Todo estaba perfecto. En ese momento sonó el timbre, serían las ocho y cuarto. Despacio acudí hasta la puerta y con una de mis mejores sonrisas abrí. Allí estaba, preciosa como siempre. Cabello rubio recogido en un sutil moño, vestido de noche color hueso con escote generoso, que no vulgar. Bolso y zapatos a juego, por supuesto. Medias seductoras y un perfume tan suave como irresistible.
—Monique, cariño, llegas temprano —dije mirando el reloj.
—Sí, me he podido escapar un ratito antes. ¿Están mis padres? —preguntó mientras investigaba con la cabeza.
—No, no han lleg.... ¡oh dios mío! felicidades cielo —y le di un beso a la vez que la invité a pasar.
Entró y no se impresionó por la disposición de la sala. En realidad creo que ni siquiera se fijó. Le dije que se pusiera cómoda mientras yo terminaba de preparar la cena. Le ofrecí una copa de vino blanco y puse el toca-discos. Era la hora de Vivaldi.
LOS ENTREMESES.
—Prueba estos entremeses cariño. Receta de un respetado cocinero francés. De-li-ci-o-sos —los señalé mientras me dirijía a la cocina—. Monique. —insistí— venga, prueba uno.
—Qué raro que no hayan llegado mis padres ¿no se habrán perdido? —me preguntó con la boca llena y en voz alta, con cierta intranquilidad.
— ¿Te han gustado? —salí de la cocina con un delantal algo manchado. Manchado por lo que parecía salsa de tomate. Mi aspecto era ridículo.
—Sí, sí. ¿qué son? Tienen un aspecto raro, pero están deliciosos —dijo mientras examinaba una de las galletas con atención. Cubiertas por una crema blanca, casi gris y coronadas por una empalagosa cereza que le daba todo el sabor y que de sobra sabía que a Monique le encantaba.
—¡Secreto del cocinero! —le grité con una sonrisa.
Son casi las 21:00h, Monique había llamado tres veces al móvil de sus padres sin obtener respuesta alguna. Ella estaba inquieta, yo sumamente aliviado.
—La cena se enfriará —le sugerí. Ella aceptó aunque seguía nerviosa.
PRIMER PLATO.
Vivaldi continuaba sonando. El primer plato era una ensaladilla, servida con habas y una salsa espesa. Yo siempre con una sonrisa, a veces estúpida, dibujada en la cara. Monique seguía nerviosa. Le serví vino, comía poco pero asentía cuando le preguntaba si le gustaba.
A las 21.15h ya habíamos acabado el primer plato. Vivaldi estaba invitado y se dejaba notar. Monique había llamado otra vez, nadie contestaba. Había bebido tres copas de vino y comido todo el contenido de su plato. Incluso cuando me levanté para controlar el estado del postre, la vi rebañar con el pan en la salsa. Eso me llenó de satisfacción.
SEGUNDO PLATO.
Aunque no olvidaba la ausencia de sus padres ella estaba más animada. Vivaldi inundaba con melodiosas notas toda la casa. El segundo plato eran unos canelones de carne, cubiertos por una espesa salsa de tomate. Dudé hasta el último momento entre hacer los canelones o un suculento estofado, pero la falta de tiempo y la presencia en mi cocina de una potente trituradora de carne, me decantó finalmente por la pasta. Además sabía que era uno de los platos favoritos de Monique.
Había bebido una copa más del delicioso vino que le servía en su copa. Pese a ser una dama y actuar como tal, cuando Monique tiene un plato de canelones delante deja a un lado la etiqueta. Le serví tres grandes canelones, bañados en su salsa. Los pinchó con su tenedor y los cortó en dos con el cuchillo. En seis sensacionales y placenteros, a mi vista, a su paladar seguro, bocados acabó con ellos.
— ¿Hay más? —preguntó con un tono dulce, aunque sin poder esconder la voracidad que la poseía
—Por supuesto —gustoso le serví otros 3 canelones, después de llenar nuevamente su copa.
EL POSTRE.
Habíamos acabado. Los platos seguían sobre la mesa, cuando me levanté para ir a buscar los postres. El toca-discos seguía reproduciendo las melodiosas notas de Vivaldi. Monique estaba un poco borracha y también llena, pero seguía preocupada ante la ausencia de sus padres. Cuando regresé a la sala, portando dos copas de postre, metálicas, ella guardó su móvil en el bolso. Sorbetes de fresa gelatinosa con trocitos de algo parecido a queso, pero que no lo es. Le expliqué a Monique, que lo probó cuidadosamente tras haberlo olído, que se trataba de un postre japonés.
EL CAFÉ.
Las copas del postre descansaban sobre los platos, manchados todavía con los restos de los canelones. Eran las diez menos veinte. Nos sentamos en el sofá para tomar el café. Había bajado la luz, dando un toque más íntimo a la sala. El disco se había acabado, pero el toca-discos siguió funcionando produciendo un monótono sonido. Un sonido seco, un sonido siniestro. Le pregunté a Monique.
—¿Tus padres iban a traer el perro?
—Sí, puede ser. ¿Cómo lo sabes? —preguntó intrigada.
—Un perro grande, mayor, marrón. ¿Verdad? —insistí.
—Sí, así es Golfo. Lo tenemos desde hace mucho. Te gustaría mucho, es cariñoso —sonríe nerviosamente. Bien sabía que odio a los perros—. Pero ¿cómo lo sabes, creo que no te he hablado de él?
Cambié de tema rápidamente
—Es tarde, creo que es hora de que te dé el regalo. Cierra los ojos.
Ella obedeció ciegamente. Cierra los ojos y me ofreció una enorme sonrisa.
EL REGALO.
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón. El toca-discos siguió funcionando sin música, la luz es muy suave. Saqué un teléfono móvil. Marqué. Sonó el teléfono de Monique en el bolso.
Ella rápidamente se desentendió de la situación. Sin mirarme buscó en el bolso, cogió su móvil y dijo
— ¿Papá? ¿Dónde est...? —silencio— ¿Papá? Son ellos pero no contestan.
Entonces, por fin levantó la mirada y vio que tenía un teléfono en la mano. No paré de reír, me tapé la boca con la mano, pero las carcajadas se escabullían. Estaba colorado.
Por el contrario, Monique, perdida, todavía no había relacionado el teléfono que llevaba yo con el de sus padres. Silencio sólo acompañado por el seco ronroneo del toca-discos. Me miró fijamente, no entiendía nada.
—Monique, ¡el móvil!, ¡tus padres! —le dije sonriendo, lentamente, espaciando mucho las palabras. Y pensé, "vaya, me ha jodido la broma. No lo pilla".
— ¡Ahhh! el móvil... mis padres —dijo totalmente despistada.
—Verás querida, tus padres llegaron. Llegaron antes de tiempo, sobre las seis.
La luz baja, el sonido del toca-discos rebota en todas las paredes de la habitación.
—Y... ¿dónde están? —preguntó.
Mientras, yo no paraba de reír. Reía más y más, casi de una manera histérica.
—Con nosotros. Y el perro también.
—¿Cómo? no te entiendo —era ella quien sonreía ahora, pero forzadamente.
—A ver que lo piense.... en la ensaladilla había trozos del hígado de tu padre y aquella salsa que tanto te gustó llevaba flujos del estómago de tu madre. Los canelones estaban rellenos de carne picada, sacada de las piernas de ambos. El postre lo hice con el cerebro del perro y los ojos de tu padre. ¿sabes? los maté con un hacha —me giré y saqué un hacha de detrás del sofá—. Se la clavé en la cabeza y les estropeé casi todo el cerebro, sólo pude salvar un poco y lo unté en los entremeses, fue por eso por lo que tuve que decapitar al perro. No te iba a dejar sin postre ¿no? Y ¿qué me queda? ¡ahhh! el café. Bueno, el café era de Colombia.
Monique estaba paralizada, ni pestañeaba. Empezó a palidecer, se puso del color de la nieve.
— ¿Quieres un vaso de agua? —ella no se movió, yo me levanté para coger el vaso. Apagué las luces del todo. Ella gritó. Eran las 21.57. Salió corriendo hacia la puerta de la casa con dificultad. Yo grité, dije —¡¡¡NOOO!!!— y corrí hacia ella con el vaso en la mano. Al fin fue capaz de abrir la puerta. Eran las 21.58
—¡¡¡Sorpresa!!! —dijeron sus padres mientras sostenían una espléndida tarta de chocolate con el número 29 en velas. Golfo, el perro, estaba tumbado a sus pies.
21.58:12seg. Monique cayó al suelo. Yo me agaché. Sus padres también.21.59. Llamé a urgencias con el teléfono, que todavía llevaba en el pantalón. 22.06 llegó la ambulancia. 22.37. El médico certificó su muerte.
El despertador debía tocar a las nueve menos cuarto pero un rato antes sonó el teléfono. Era Monique, mi novia. Tras un intenso y devastador monólogo, al que casi no presté atención, me dijo que sus padres llegarían a mi casa en torno a las siete y media pero que ella no lo haría hasta por lo menos las nueve menos cuarto. Estaba dormido hasta que una alarma sonó en mi cabeza y me instó a protestar vehementemente. "Será una situación incómoda. No conozco a tus padres" —le espeté. Ella me dio unas ocho mil razones para llegar tarde. Ocho mil razones que a mí me daban exactamente igual. Además, ¡qué demonios! se trataba de una cena en su honor, era su fiesta de cumpleaños e iba a llegar tarde, ¡qué valor! Tras una sosa despedida volví a la cama e intenté conciliar el sueño nuevamente, pero al rato recibí otra llamada y ya no pude volver a dormir.
Regresé a casa a las ocho en punto. Subí por las escaleras, la cena se hacía en la cocina. Abrí la puerta y, tras cruzar el marco, ya percibí ese aroma; un delicioso aroma que envolvía toda la casa. Una vez colgado el abrigo avancé hasta la sala. Cuidé que todo estuviese dispuesto a la perfección. En el centro una mesa victoriana con cubiertos de valiosa porcelana belga para 4 comensales. Al fondo, frente a la ventana, rodeada por unos sofás verdes de suave terciopelo, una pequeña mesa de cristal sostenía unas bandejas con entremeses. Unos entremeses a los que había dedicado enorme esfuerzo.
Estático, entre las dos mesas, observé mi obra en su conjunto. Me abstraí hasta el punto de no encontrarme realmente allí. Contemplé la sala como el que admira un cuadro en un museo. Con detalle, primero en su totalidad, luego centrándome en los pequeños matices. Todo estaba perfecto. En ese momento sonó el timbre, serían las ocho y cuarto. Despacio acudí hasta la puerta y con una de mis mejores sonrisas abrí. Allí estaba, preciosa como siempre. Cabello rubio recogido en un sutil moño, vestido de noche color hueso con escote generoso, que no vulgar. Bolso y zapatos a juego, por supuesto. Medias seductoras y un perfume tan suave como irresistible.
—Monique, cariño, llegas temprano —dije mirando el reloj.
—Sí, me he podido escapar un ratito antes. ¿Están mis padres? —preguntó mientras investigaba con la cabeza.
—No, no han lleg.... ¡oh dios mío! felicidades cielo —y le di un beso a la vez que la invité a pasar.
Entró y no se impresionó por la disposición de la sala. En realidad creo que ni siquiera se fijó. Le dije que se pusiera cómoda mientras yo terminaba de preparar la cena. Le ofrecí una copa de vino blanco y puse el toca-discos. Era la hora de Vivaldi.
LOS ENTREMESES.
—Prueba estos entremeses cariño. Receta de un respetado cocinero francés. De-li-ci-o-sos —los señalé mientras me dirijía a la cocina—. Monique. —insistí— venga, prueba uno.
—Qué raro que no hayan llegado mis padres ¿no se habrán perdido? —me preguntó con la boca llena y en voz alta, con cierta intranquilidad.
— ¿Te han gustado? —salí de la cocina con un delantal algo manchado. Manchado por lo que parecía salsa de tomate. Mi aspecto era ridículo.
—Sí, sí. ¿qué son? Tienen un aspecto raro, pero están deliciosos —dijo mientras examinaba una de las galletas con atención. Cubiertas por una crema blanca, casi gris y coronadas por una empalagosa cereza que le daba todo el sabor y que de sobra sabía que a Monique le encantaba.
—¡Secreto del cocinero! —le grité con una sonrisa.
Son casi las 21:00h, Monique había llamado tres veces al móvil de sus padres sin obtener respuesta alguna. Ella estaba inquieta, yo sumamente aliviado.
—La cena se enfriará —le sugerí. Ella aceptó aunque seguía nerviosa.
PRIMER PLATO.
Vivaldi continuaba sonando. El primer plato era una ensaladilla, servida con habas y una salsa espesa. Yo siempre con una sonrisa, a veces estúpida, dibujada en la cara. Monique seguía nerviosa. Le serví vino, comía poco pero asentía cuando le preguntaba si le gustaba.
A las 21.15h ya habíamos acabado el primer plato. Vivaldi estaba invitado y se dejaba notar. Monique había llamado otra vez, nadie contestaba. Había bebido tres copas de vino y comido todo el contenido de su plato. Incluso cuando me levanté para controlar el estado del postre, la vi rebañar con el pan en la salsa. Eso me llenó de satisfacción.
SEGUNDO PLATO.
Aunque no olvidaba la ausencia de sus padres ella estaba más animada. Vivaldi inundaba con melodiosas notas toda la casa. El segundo plato eran unos canelones de carne, cubiertos por una espesa salsa de tomate. Dudé hasta el último momento entre hacer los canelones o un suculento estofado, pero la falta de tiempo y la presencia en mi cocina de una potente trituradora de carne, me decantó finalmente por la pasta. Además sabía que era uno de los platos favoritos de Monique.
Había bebido una copa más del delicioso vino que le servía en su copa. Pese a ser una dama y actuar como tal, cuando Monique tiene un plato de canelones delante deja a un lado la etiqueta. Le serví tres grandes canelones, bañados en su salsa. Los pinchó con su tenedor y los cortó en dos con el cuchillo. En seis sensacionales y placenteros, a mi vista, a su paladar seguro, bocados acabó con ellos.
— ¿Hay más? —preguntó con un tono dulce, aunque sin poder esconder la voracidad que la poseía
—Por supuesto —gustoso le serví otros 3 canelones, después de llenar nuevamente su copa.
EL POSTRE.
Habíamos acabado. Los platos seguían sobre la mesa, cuando me levanté para ir a buscar los postres. El toca-discos seguía reproduciendo las melodiosas notas de Vivaldi. Monique estaba un poco borracha y también llena, pero seguía preocupada ante la ausencia de sus padres. Cuando regresé a la sala, portando dos copas de postre, metálicas, ella guardó su móvil en el bolso. Sorbetes de fresa gelatinosa con trocitos de algo parecido a queso, pero que no lo es. Le expliqué a Monique, que lo probó cuidadosamente tras haberlo olído, que se trataba de un postre japonés.
EL CAFÉ.
Las copas del postre descansaban sobre los platos, manchados todavía con los restos de los canelones. Eran las diez menos veinte. Nos sentamos en el sofá para tomar el café. Había bajado la luz, dando un toque más íntimo a la sala. El disco se había acabado, pero el toca-discos siguió funcionando produciendo un monótono sonido. Un sonido seco, un sonido siniestro. Le pregunté a Monique.
—¿Tus padres iban a traer el perro?
—Sí, puede ser. ¿Cómo lo sabes? —preguntó intrigada.
—Un perro grande, mayor, marrón. ¿Verdad? —insistí.
—Sí, así es Golfo. Lo tenemos desde hace mucho. Te gustaría mucho, es cariñoso —sonríe nerviosamente. Bien sabía que odio a los perros—. Pero ¿cómo lo sabes, creo que no te he hablado de él?
Cambié de tema rápidamente
—Es tarde, creo que es hora de que te dé el regalo. Cierra los ojos.
Ella obedeció ciegamente. Cierra los ojos y me ofreció una enorme sonrisa.
EL REGALO.
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón. El toca-discos siguió funcionando sin música, la luz es muy suave. Saqué un teléfono móvil. Marqué. Sonó el teléfono de Monique en el bolso.
Ella rápidamente se desentendió de la situación. Sin mirarme buscó en el bolso, cogió su móvil y dijo
— ¿Papá? ¿Dónde est...? —silencio— ¿Papá? Son ellos pero no contestan.
Entonces, por fin levantó la mirada y vio que tenía un teléfono en la mano. No paré de reír, me tapé la boca con la mano, pero las carcajadas se escabullían. Estaba colorado.
Por el contrario, Monique, perdida, todavía no había relacionado el teléfono que llevaba yo con el de sus padres. Silencio sólo acompañado por el seco ronroneo del toca-discos. Me miró fijamente, no entiendía nada.
—Monique, ¡el móvil!, ¡tus padres! —le dije sonriendo, lentamente, espaciando mucho las palabras. Y pensé, "vaya, me ha jodido la broma. No lo pilla".
— ¡Ahhh! el móvil... mis padres —dijo totalmente despistada.
—Verás querida, tus padres llegaron. Llegaron antes de tiempo, sobre las seis.
La luz baja, el sonido del toca-discos rebota en todas las paredes de la habitación.
—Y... ¿dónde están? —preguntó.
Mientras, yo no paraba de reír. Reía más y más, casi de una manera histérica.
—Con nosotros. Y el perro también.
—¿Cómo? no te entiendo —era ella quien sonreía ahora, pero forzadamente.
—A ver que lo piense.... en la ensaladilla había trozos del hígado de tu padre y aquella salsa que tanto te gustó llevaba flujos del estómago de tu madre. Los canelones estaban rellenos de carne picada, sacada de las piernas de ambos. El postre lo hice con el cerebro del perro y los ojos de tu padre. ¿sabes? los maté con un hacha —me giré y saqué un hacha de detrás del sofá—. Se la clavé en la cabeza y les estropeé casi todo el cerebro, sólo pude salvar un poco y lo unté en los entremeses, fue por eso por lo que tuve que decapitar al perro. No te iba a dejar sin postre ¿no? Y ¿qué me queda? ¡ahhh! el café. Bueno, el café era de Colombia.
Monique estaba paralizada, ni pestañeaba. Empezó a palidecer, se puso del color de la nieve.
— ¿Quieres un vaso de agua? —ella no se movió, yo me levanté para coger el vaso. Apagué las luces del todo. Ella gritó. Eran las 21.57. Salió corriendo hacia la puerta de la casa con dificultad. Yo grité, dije —¡¡¡NOOO!!!— y corrí hacia ella con el vaso en la mano. Al fin fue capaz de abrir la puerta. Eran las 21.58
—¡¡¡Sorpresa!!! —dijeron sus padres mientras sostenían una espléndida tarta de chocolate con el número 29 en velas. Golfo, el perro, estaba tumbado a sus pies.
21.58:12seg. Monique cayó al suelo. Yo me agaché. Sus padres también.21.59. Llamé a urgencias con el teléfono, que todavía llevaba en el pantalón. 22.06 llegó la ambulancia. 22.37. El médico certificó su muerte.
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